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Crónica de una visita a Vallecas

November 16, 2018

Salvo algunas excepciones, nunca le encuentro la explicación a los nombres de las estaciones de Metro. Ese día, no fue una de esas excepciones. No sé quién eligió el nombre de la parada más cercana al estadio del Rayo, pero “Portazgo” le viene como anillo al dedo.

 

Un portazgo es realmente un peaje, pero con un nombre muy a la antigua. Ya existía en los reinos de Castilla, de Navarra y de Aragón. Era cobrado a aquellos que pasaban de camino, entraban en las tierras del rey o del señor o, simplemente, accedían a la ciudad. Sin embargo, había ciertas personas que conseguían evitar pagarlo. Una parte de ellas eran los peregrinos, a los que se les eximía con el fin de favorecer el número de visitas de ese estilo. Ahora, si volvemos al siglo XXI, y más concretamente, a Vallecas, este portazgo ha cambiado. Ya no se paga en metálico, sino que es más un desembolso simbólico. Como el de los peregrinos de la época. El peaje solo te obliga a pasar por ahí, porque es por donde de verdad se accede al barrio de Vallecas, a su corazón: el estadio.

 

Rodeado de unas calles menos iluminadas de lo normal, el estadio se incrusta entre varios bloques de pisos. De hecho, podría pasar perfectamente por uno de ellos de no ser por sus demasiado brillantes luces, que denotan que allí hay algo más que un simple campo de fútbol. Acceder a él no es tan fácil como parece. Al menos, no para mí, un periodista primerizo. Por más que lo haya intentado, nunca he conseguido evitar la dichosa pregunta:

 

‒ Pero, ¿tú de verdad eres periodista? ‒ esta vez, me la hizo un policía.

‒ Bueno, estoy en ello, pero yo prefiero decir que sí ‒ le respondí.

 

La cuestión es que no importa lo que yo responda. Todavía no soy (o no me consideran) periodista. Aún me falta algo importante. Algo imprescindible y que debo tener sí o sí: un carnet que lo acredite. Todavía no lo tengo, así que siempre me toca hablar con no sé quién o ir a no sé dónde. En esta ocasión, tenía que ir a la puerta 2. Me tocaba rodear el estadio por una de esas calles menos iluminadas de lo normal.

 

Una vez dentro, con una hora de antelación, llega uno de mis momentos preferidos cuando visito un estadio: darme una vuelta por él. Desde dónde se ve mejor, dónde se está más recogido del frío, cómo de bien huele el césped, cómo han podido hacer un grafitti ahí arriba… Un tipo que vendía comida y bebida me debió ver perdido, aunque no lo estaba, y me dijo si necesitaba ayuda. “La zona de prensa queda por ahí”. Por su acento, deduje que no era precisamente de Vallecas. “Qué va, tío, vengo de abajo. Llevo tan solo un año aquí”. Qué interesante puede resultar una persona a la que, en un principio, no le habías hecho mucho caso. Nos despedimos, no sin antes decirle que yo también vengo de allí, y me dirigí al lugar desde donde vería el partido.

 

Pienso, y diría que adecuadamente, que para empaparte bien de fútbol, de un equipo y de su idiosincrasia, hay que aprender de primera mano. En parte, por eso, y porque quería ver un partido de fútbol como antes, me senté en la grada. Una grada que se fue llenando con el paso de los minutos, aunque no terminó de tener el colorido que presenta los fines de semana. Aun así, muchos y muy agradables y pintorescos aficionados se congregaron en la grada donde me senté. Todos ellos guardaron un respetuoso minuto de silencio en memoria del joven Jorge, aficionado rayista fallecido con tan solo 14 años, y entonaron el “¡Presa, vete ya!”, como ocurre siempre en el Estadio de Vallecas.

 

De entre todos ellos, me quedaré con tres ejemplos. El primero, un padre y un hijo que llegaron cuando el Rayo salía a calentar, como si lo hubiesen hecho a propósito. Eran como el yin y el yang: el padre, pura irracionalidad y sentimiento; el niño, temple, racionalidad y análisis.

 

‒ ¿¡Pero cómo no llega a ese balón!? ‒ espetaba el padre.

‒ Papá, lo ha intentado, pero no corre tanto…­ ‒  respondía el hijo.

 

Hubo un momento en el que las tornas se cambiaron. Llevaban un bocadillo para cada uno. El padre se lo comía sin problemas, pero al niño se le cayó.

 

‒ ¿¡Por qué se me tiene que caer!? ‒ se quejaba el niño.

‒ Hijo, porque no lo coges bien. Toma la mitad del mío ‒ le consolaba el padre. Probablemente, fue uno de los mejores bocadillos de su vida.

 

El segundo ejemplo también tiene que ver con la familia. Una madre había ido al estadio a ver el debut de su hijo, del que obviaré su nombre. Ni el propio debutante con la Franja pedía el balón para él con tantas ganas como su madre. Y cuando lo recibía, las instrucciones procedentes de la grada eran de mayor número que los metros que llegaba a recorrer el joven futbolista. Solo en el descanso se calmó, mientras la megafonía reproducía música flamenca (en el barrio, suena El Barrio). Los dos últimos aficionados que recordaré son dos personas ataviadas con los colores nacionales de Perú. Venían a ver a su compatriota Advíncula, el Bolt peruano. Sus alegres sonrisas desaparecieron cuando descubrieron que Luis estaba concentrado con su selección y no en Vallecas… Échenle tierrita, amigos.

 

Resultaba complicado observar el partido con todos los sentidos puestos en él. De hecho, hasta me resultó difícil centrar mis miradas al verde, pues esta se desviaba sola hacia una de las porterías. Y es que los Bukaneros no dejaron de cantar durante todo el partido. Al principio, es sorprendente, pero una vez que te percatas de que no es novedad, lo entiendes como una parte más del juego. “¡¡¡A las aaaaaaarmas!!!”, sonó de repente y a todo volumen desde esa zona. “¡¡¡A las aaaaaaarmas!!!”, respondió el resto del estadio. “¡¡¡Somos de Vallecas!!!”, volvieron a gritar los Bukaneros. “¡¡¡Somos de Vallecas!!!”, contestó el público restante. Yo giraba la cabeza mirando todo el rato a quienes cantaban. “¡¡¡Y vamos a ganar!!!”. Y cualquiera que me viese pensaría que estaba loco. “¡¡¡Y vamos a ganar!!!”.

 

El partido pasó, y el Rayo, como anunciaba su afición, ganó. Una vez terminado el encuentro, y las obligaciones que te otorga una acreditación de prensa, salí de nuevo a esas calles menos iluminadas de lo que deberían. Me acompañaba gente alegre. No solo por el partido, que tampoco fue nada del otro mundo, sino por haber saboreado otra vez el fútbol humilde, el más bonito de todos. Unos tomaron un camino. Otros fueron a Portazgo conmigo. De nuevo, a pasar por el peaje. Los colores del Rayo resaltaban en esa multitud, pero había algunos desdichados que no pudieron ir al estadio. Una pena.

 

Y no fue uno, ni dos ni tres, sino varios los que preguntaron cómo había ido el partido. En concreto, uno lo preguntó cuando el tren se detenía en una de las estaciones posteriores a Portazgo.

 

‒ ¿Cómo ha quedado el Rayo? ­‒ preguntó aquel hombre.

‒ Ha ganado. Tres a uno ‒ le contestó un chico joven.

‒ ¿Sí? Guau, eso es novedad ‒ respondió el hombre. Pero justo cuando iba a salir, se giró y le dijo ‒ ¡Si es que, en realidad, jugamos bien, joder!

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